Mar
6
Aterrizó el Hércules: fin de la expedición
Guardado en General | 4 Comentarios
El día se presentó mejor de lo esperado. Al menos en Marambio salió el sol y paró el viento. A las 8:30 despegó el primero de los helicópteros para iniciar el repliegue de los campamentos científicos que quedaban en el terreno, y para ir al rescate de nuestros compañeros aislados en Cerro Nevado desde hace tres días. Mientras los scubas iban y venían, pasado el mediodía también arribó el Hércules proveniente de Río Gallegos. La esperanza de regresar al continente era una realidad concreta, porque el avión jamás hace noche en la Antártida, y confiábamos que ésta no iba a ser la primera vez.

El Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina tocó la pista de Marambio pasado el mediodía. Comenzaba el principio del fin de “La ruta de Nordenskjöld”, tal como en Weekend denominamos al blog de la expedición.
Durante la mañana el jefe de base desplegó todos los aviones para agilizar las operaciones aéreas, y tuvimos las posibilidad de abordar un Twin Otter, aeronave con esquíes en el tren de aterrizaje que le permite descender sobre glaciares. La misión era volar hasta la base Matienzo, a una hora de distancia, para arrojarle unos paquetes con provisiones y equipos. Después de casi dos semanas de tormenta era necesario exprimir el tiempo perdido.

El avión Twin Otter puede aterrizar sobre glaciares, y transportar pasajeros y equipos. La base Marambio cuenta con una unidad que esta temporada es tripulada por el mayor José Cabanilla, el teniente Diego Ifrán y los suboficiales Luis Luna y Jorge Paz.

Lanzamiento de provisiones y equipos desde el Twin Otter hacia la base Matienzo. La escotilla se ubica en el piso de la parte trasera del avión, que pasa rasante a 15 metros del suelo.

Vista de la base Matienzo desde la ventanilla del Twin Otter.

Otro regalo de la naturaleza que nos ofrece el mar de Weddell y que pudimos apreciar desde la ventanilla del avión.

Las proximidades de la base Matienzo, al sudoeste de Marambio, ya están congeladas.

La cabaña de Nordenskjöld, desde el aire, camino a la base Matienzo.

Antes de retirarnos de Marambio, el jefe de base, vicecomodoro Abel Cristian Colman, nos recibió en su despacho para informarnos las novedades del vuelo hacia el continente y aportarnos datos específicos de la dotación.
La expedición hoy llegó a su fin. Minutos antes de abordar el Hércules hacia Buenos Aires, vía Río Gallegos, actualizamos este blog con la información que nos quedaba pendiente vinculada con las actividades del día. Realmente fue una experiencia asombrosa haber vivido casi dos semanas en el continente antártico en compañía de gente extraordinaria y con amplia experiencia en el terreno que nos enseñó muchísimo. A ellos (fotos), sin duda, le debemos lo aprendido y gran parte de los datos que volcaremos en las dos notas gráficas que saldrán publicadas en revista Weekend, ediciones de abril y mayo.
Integrantes de “La ruta de Nordenskjöld”:

Dr. Ricardo Capdevila, investigador a cargo de la comisión del museo de Cerro Nevado.

José María Ageitos, técnico en biología marina.

Antonio Pereira, logística.

Alejandro Crivero, técnico.

Alejandro Gómez, técnico.
Desarrollo del blog e integrantes de la expedición:

Juan Fernández, fotógrafo y especialista en supervivencia.

Marcelo Ferro, redactor especial de la revista Weekend, Editorial Perfil.
Agradecimientos: José Luis Aldorisio, director de la revista Weekend; Hernán Bianchi, jefe de redacción; Rodolfo Muchela Bretones, secretario de redacción. Sergio Dobkevicius, webmaster y Marcelo Parajó, diseñador de arte web. Embajada de Suecia. Dirección Nacional del Antártico, Tesacom, Montagne, Ansilta, Gore-Tex, Asolo, Aquapac y Kestrel. Personal de la Fuerza Aérea Argentina en la base Marambio, en la X Brigada Aérea de Río Gallegos y en El Palomar.
Mar
5
Una base antártica por dentro
Guardado en General | 58 Comentarios
En Marambio, como en toda la Antártida, manda el clima. Y, cuando está feo, afuera es imposible estar, pero para ir de una dependencia a otra inevitablemente hay que desplazarse. Hoy, por ejemplo, las ráfagas de viento superan los 80 km/h y la sensación térmica toca –25 ºC. Sin embargo, los meteorólogos, por citar un ejemplo, marcharon al Pabellón Científico, y lo propio hicieron los tambucheros Ríos y Martinini. El problema de caminar con viento fuerte es que uno tiende a levantar vuelo, literalmente, sobre todo cuando la velocidad supera los 130 km/h. Por ello, toda la base aérea esta conectada mediante pasarelas de aluminio con barandas de hierro, porque el problema no es sólo caminar, sino no resbalar: la nevizca se posa sobre el suelo, cristaliza y la situación se complica.

Todas las pasarelas tienen barandas y carteles indicativos de lugar. Hoy experimentamos que vientos de 80 km/h bastan para que se levante una nevizca que no permite ver más allá de los seis metros. Los edificios naranja se pierden totalmente detrás de la cortina blanca.

En días tormentosos es fundamental abrigarse con indumentaria confeccionada con membranas impermeables y cortaviento. También, vestir antiparras y cubrirse la cabeza y las manos. Las partes expuestas al frío se entumecen en segundos. Al fondo, la torre de control, ubicada apenas a unos 60 metros.

Hay tareas que aunque nieve o haga frío intenso no pueden descuidarse, entre ellas, el aprovisionamiento de combustible a las máquinas que lo necesitan para operar.
En el interior de la base se está perfecto, a una temperatura constante próxima a los 22 ºC. Comodidades no faltan, a los salones metorológicos, médicos, científicos, logísticos, etc. se suman los pabellones de las habitaciones para cuatro personas –Palermo, para las visitas; Chino, para la dotación–, el comedor, la sala de juegos, el museo, los televisores de plasma con señal satelital, los teléfonos públicos (la tarifa a Buenos Aires es como una llamada local), la capilla, el cyber donde funcionan tres computadoras, y el wi-fi (internet inalámbrica). En cuanto a la comida, se sirve alrededor de la una de la tarde y de las nueve de la noche. El menú es variable de acuerdo con lo que regulen el médico y el jefe de base. El cocinero es siempre el mismo; quienes lavan los platos cambian todos los días: hay turnos rotativos organizados por el encargado de base, lo mismo que para los baños y espacios de uso común.

Vista de uno de los pabellones tapado de nieve. Por esta época todos están en similares condiciones. Según dicen, parece que el invierno se adelantó: hace por lo menos 10 años que no toca una temporada así. Adentro, sin embargo, la temperatura es confortable: oscila en 22 ºC permanentemente.

Los platos de comida se retiran en la cocina. Al terminar de comer cada uno lleva su vajilla usada hasta la pileta, donde hay turnos rotativos de lavado. La comida siempre parece mucha, pero el cocinero tiene los tiempos y las cantidades justas para alimentar cerca de 150 personas. En cuanto a la bebida, todo el día hay disposición y sin cargo agua caliente o fría, té, café, leche y gaseosa.

Vista de uno de los pasillos que comunica el exterior con las habitaciones y el comedor.

La capilla es chica pero muy acogedora. A la fecha, la base no tiene sacerdote.

Durante el almuerzo y la cena, la amistad y el respeto por la convivencia van más allá de la camaradería. Los sábados por la noche se efectúan entregas de premios de campeonatos improvisados, y también hay bailes y shows organizados por la dotación.

El alma mater del tambucho es Marco Ríos. El se encarga de coordinar los despliegues y repliegues de todos los campamentos durante la campaña de verano, tal como mencionamos en los blogs de los días anteriores. Su experiencia en el tema es garantía absoluta: hace 16 años que se dedica a esta tarea, y mucho tiempo antes también estuvo en el terreno, como lo está ahora la gente cuyos movimientos él debe organizar.

La mano derecha de Ríos es Rubén Martinini, un muchacho de 28 años y voluntad inquebrantable que está adquiriendo la escuela de su jefe. Los sábados a la noche, o ante algún cumpleaños, Rubén canta tangos y milongas por la frecuencia de la radio que comunica los campamentos con el tambucho. Una cuota de alegría ante el rigor antártico.

El clima sigue sin dar tregua. El viento se filtra por las rendijas y congela todo lo que tiene a su alcance.
Mar
4
Repliegue parcial hacia Marambio
Guardado en General | 1 Comentario
A las ocho y media de la mañana arribó al refugio el primer grupo de turistas del Polar Star, el barco que anoche había fondeado a 1.000 m de la costa. Mientras Ageitos y Capdevila los atendían, en la radio se escuchó la primera esperanza: “La meteo está mejor que ayer, acá están preparando los scubas [helicópteros] que en media hora despegan hacia el campamento de glaciología, en la isla Vega”. Era la voz de Marco Ríos, desde el tambucho de Marambio. “Si por algún inconveniente no pueden llegar, el plan “B” es pasar a buscar a los de Correlación, en la isla Ross”, continuó. “Y si esto falla –finalizó– el plan “C” es ir a Cerro Nevado”. Había llegado una potencial oportunidad. Capdevila, al frente de la comunicación, replicó con un QSL [comprendido] y enseguida nos dijo: “Muchachos, preparen todo y llévenlo a la playa”. La modulación de los dos helicópteros reverberaba en las paredes del refugio de Nordenskjöld: “Scuba uno a tambucho, cambio… Imposible bajar en Vega, no vemos la playa, la nevizca es muy fuerte, continuamos hacia Ross…”. “Ok, scuba uno, copiado”, respondió Ríos. Mientras con Juan Fernández guardábamos la bolsa de dormir, los equipos, la ropa y todos efectos que estaban dando vuelta, el Scuba uno volvió a modular: “Tambucho, vamos con el plan “C”, imposible aterrizar, no hay visibilidad, estaremos en Cerro Nevado en 10 minutos”. Apenas alcanzamos a bajar los bolsos a la costa cuando escuchamos las aspas de los motores vibrar a lo lejos, dentro de alguna nube que los envolvía.

Un grupo de 50 turistas europeos descendió del barco Polar Star (al fondo de la imagen) y llegó al refugio a primera hora de la mañana.

Chuchú y Chuky ayudándonos a bajar el equipaje a la playa. Del refugio a la costa hay unos 150 m.
Todo fue muy rápido. Cargamos nuestros equipos, subimos y nos despedimos de los muchachos con un: “Nos vemos en una hora”. Era el tiempo que iban a demorar los dos helicópteros en llevar nuestra carga y regresar por ellos. Todos no entrábamos en un mismo vuelo y, además, aún restaba desarmar la carpa baño, embalar el grupo electrógeno, la radio y bajar la antena. Era poco y casi todo esperaba sobre la costa.

En general, cuando los helicópteros vuelan en la Antártida se mueven de a dos unidades a la vez. Para abordar la nave siempre hay que pasar por delante de la cabina, haciéndole señas al piloto y esperando su permiso para avanzar.

Como teníamos demasiada carga (propia y de nuestros compañeros), los siete que habitábamos el refugio no entrábamos en un mismo vuelo.

Alejandro Crivero nos despide pensando si realmente los helicópteros volverán en una hora. El conoce muy bien el clima antártico y sabe que cambia vertiginosamente. En general, no hay segundas oportunidades. No, al menos, en el corto plazo.
Los dos scubas en 15 minutos habían aterrizado. A diferencia del día que llegamos, en esta ocasión iban casi a ras del agua. Sucede que la base Marambio se ubica en una meseta a 195 m sobre el nivel del mar. Casi toda la isla es baja, pero donde se levanta la estación de la Fuerza Aérea Argentina la tierra se eleva. El tramo mide cerca de 2.000 m de longitud, al punto tal que si los aviones Hércules, cuando aterrizan, no frenan a tiempo, caen por el borde de la meseta. Y el tema de ir pegado al agua tiene que ver con la visibilidad: volando bajo los helicópteros se ponen a la par de la meseta y cuando ven los galpones naranja se elevan y aterrizan. Si, en cambio, vuelan alto, las nubes bajas le cortan la visibilidad y estimar el lugar de aterrizaje es mucho más riesgoso.

Vista de la meseta y la base Marambio desde la ventanilla del helicóptero.

El vuelo de los scubas fue casi rasante al mar de Weddell, que por esta fecha empieza a mostrar los primeros indicios de congelamiento.

El segundo helicóptero con equipos de Cerro Nevado aterriza en Marambio a las órdenes del señalero.
Lo más crítico de nuestra llegada fue que las aeronaves aterrizaron y les informaron que se suspendían los vuelos. Las condiciones meteorológicas habían cambiado súbitamente, la velocidad del viento se había incrementado y en Cerro Nevado, valga la redundancia, una vez más estaba empezando a caer nevizca. Nuestros cuatro compañeros quedaban aislados hasta nuevo aviso, con el duro golpe psicológico que ello implica. Ya tenían todo embalado y en la playa a la espera de que el helicóptero regresara, era una cuestión de que la meteorología se mantuviera sólo ¡30 minutos más! Cuando hablamos con ellos por la radio se los notaba bien, pero la voz dejaba traslucir cierto dejo de desilusión. Para peor, en el tambucho nos explicaron que el pronóstico meteorológico de mañana es peor que el de hoy, que hace un rato marcaba –39 ºC de sensación térmica. Realmente tuvimos suerte de haber llegado a Marambio, una base que este mes cuenta con una dotación cercana a las 150 personas, y con espacios inhabilitados por estar en plena etapa de refacciones. Por lo pronto, nos alojaron en la morgue que está siendo reconvertida a gimnasio. Hace frío, pero al menos ya estamos a metros de la pista de la que, cuando el clima mejore, despegará el Hércules con destino a Río Gallegos.

Los helicópteros ya están guardados en el hangar. Ahora es el turno de entrar el Twin Otter. Todo indica que por hoy no habrá más vuelos de repliegue de campamentos.
Mar
3
Cómo es la rutina en el refugio
Guardado en General | 4 Comentarios
Tal como le ocurría a Nordenskjöld, la vida dentro de la cabaña se torna monótona si no le matiza con salidas al terreno, lo que se dificulta por las condiciones climáticas. Un día cualquiera comienza cuando Antonio Chiqui Pereira baja de la bohardilla, alrededor de las siete de la mañana. Enciende el calentador, templa la pava, toma unos mates y por los ruidos despierta al Dr. Capdevila (la casa es tan chica y las paredes internas tan delgadas que todo se oye). Chiqui, en realidad, se despertó a las cinco para escuchar en su radio multibanda las modulaciones del tambucho, oficina de la base Marambio encargada de la coordinación de los repliegues y los requerimientos de los campamentos geológicos y glaciológicos levantados en diferentes islas. Mientras ambos matean en el comedor (sala de uso común) entra en escena José María Pepe Ageitos, que se suma a la ronda de mate acompañada por galletitas dulces, de agua y budines. A veces minutos antes, otras minutos después, también aparece Alejandro Chuchú Crivero, encargado de la logística de los víveres. Entre los cuatro, mate o café con leche de por medio, planifican las tareas y comidas del día. Si la fecha corresponde, antes de sentarse a la mesa el espejo redondo colgado en la cocina los ve afeitarse.

Chiqui es el primero que sale a hacer un reconocimiento del terreno. A las siete de la mañana los herrajes internos de la puerta amanecen congelados. Afuera, a esa hora, la temperatura rara vez supera los -10 ºC.
Ya son casi las nueve: ahí entramos en acción con Juan Fernández. En la radio HF instalada en el camarote de Nordenskjöld –utilizado por Capdevila– ya se escuchó la proyección de las operaciones del tambucho y ahora suena en el parlante Radio 10, retransmitida desde Buenos Aires por el Ejército Argentino. En la sala nos cruzamos con Alejandro Chuky Gómez que en esos momentos también baja del altillo que comparte con Chiqui. Es momento de contarse los sueños, de hablar del clima, de compartir mates y de comentar las noticias de Buenos Aires. “Cuidado de no resbalar cuando salen que el piso está congelado” es una frase casi habitual de Chiqui, quien estuvo afuera bien temprano chequeando cómo estaba todo (antenas, cajones, herramientas, etc.).

Chiqui y Chuky duermen en el altillo del refugio. La temperatura del ambiente es mucho menor que en la planta baja.
Finalizado el desayuno, alrededor de las 10 comienzan a cobrar forma las tareas del día. Chuchú interroga acerca de los víveres a traer del depósito para preparar el almuerzo del que se encargará Pepe. Chiqui controla el nivel de combustible de faroles, calentadores y generador, y repone lo necesario. También colabora en la elaboración del menú: según el plato del día, amasa tapas para empanadas, corta carne para milanesas o cuece salsa… Chuky es el responsable de la parte tecnológica: verifica el estado de carga de la batería 12 volts que le provee energía a la radio HF y al equipo de CD en el que ya se encuentra sonando un tango. También enciende el grupo electrógeno, chequea el conversor de corriente 12/220 volts y nos pide todos los equipos que tengamos para cargar: laptop, teléfono satelital y cámaras fotográficas. Ricardo Capdevila es el encargado de verificar las restauraciones efectuadas en el museo y de priorizar los futuros arreglos. También vuelca sus apuntes en un anotador y controla que todo se desenvuelva dentro de los parámetros normales; hace más de 20 años que viene todas las campañas, por lo que conoce al detalle cómo debe funcionar cada engranaje. En cuanto a Juan, ya salió a recorrer el terreno para hacer fotos y pruebas de supervivencia; cuando podemos, juntos intentamos subir alguna montaña o experimentar alguna de las técnicas que en el Comando Antártico nos explicaron para combatir el clima hostil.

Chiqui, además de trabajar en el mantenimiento del refugio, colabora en la cocina.

Chuchú está a cargo de los víveres, que vienen almacenados en estos cajones. A principios de enero llegaron 25 unidades a Cerro Nevado.
Así, lentamente llega el mediodía y, con él, la picada a cargo de Chuchú y la característica pregunta de Capdevila: “¿Cuándo viene la comida?” Todos nos juntamos entonces alrededor de la mesa, Pepe trae los platos servidos de la cocina y llegan los inevitables comentarios acerca del clima, que se matizan con anécdotas de la vida personal. De un momento a otro en la mesa quedamos seis: Chiqui desapareció en el desván, la siesta es sagrada. Luego de levantada la mesa y lavados los platos con una pava de agua caliente en una palangana, también desaparecen Pepe, Chuchú y Capdevila. La sala de uso común queda desolada, sólo con Chuky, el único que no duerme siesta porque a la noche no puede agarrar sueño. El invierte el tiempo en leer y releer cartas llegadas del continente, mira una revista y enseguida se busca una ocupación: sale a traer agua, a buscar amonites para incrementar la colección del museo o a caminar. Necesita ocupar el tiempo, hace 16 meses que está en la Antártida sin ver a sus hijos ni amigos. Chuchú a veces tampoco duerme: prefiere investigar los alrededores o contabilizar los víveres, depende del clima, el cansancio y el ánimo.

La siesta es sagrada. Detrás de Chiqui parten Pepe y Chuchú.
La hora del regreso es la del mate, todos ya están levantados y se reúnen alrededor del termo y las galletitas. Hay quienes prefieren té con leche condensada. En el equipo de música se puede optar por boleros, “Charly” García, Maná o más tango. Los cd’s y cassettes quedan de año a año y algunos ya cumplieron más de 10. Es lo que hay y viene muy bien para mejorar el espíritu. Al menos la tecnología permite más variedad de melodías que el gramófono que utilizó Sobral.

Puede ser un cd, un cassette o el mp3. Lo cierto es que, como en 1902, la música levanta el espíritu y predispone de mejor manera.
De a uno todos vuelven a desaparecer. Que las reparaciones, los víveres, los calentadores, la antena… Siempre hay una tarea pendiente, y si no se crea la necesidad. Lo peor que se puede hacer en la Antártida en no hacer nada y volar con el pensamiento hacia el continente. El paisaje siempre es el mismo: gris, blanco y algunos manchones marrones cuando no hay nieve. Colores no existen más que los de la ropa… No hay qué mirar más que agua, islas, montañas y nubes. Muchas nubes que van y vienen todo el día dependiendo de cómo el viento decida jugar con ellas. Es raro que el cielo esté despejado y la temperatura supere los 0 ºC, al menos este año que vinimos nosotros. Juan, mientras tanto, camina y hace fotos. Yo, en general, tomo nota de las conversaciones con Capdevila, escribo algunos apuntes y actualizo el blog.

Los faroles, debido al uso intensivo, requieren atención constante: se quedan sin combustible, se tapan o se les quema la camisa.
Ya son las ocho. Aún es de día, pero todo el mundo está adentro. Pepe otra vez en la cocina, y el folclore del mediodía vuelve a repetirse… la mesa, los comentarios. El horario más esperado es el de las 10, porque los campamentos se comunican con el tambucho para pasar las novedades y, como todos transmitimos en la misma frecuencia, vamos sabiendo qué pasa en las otras islas, su clima y necesidades. El Correntino Marco Ríos, a cargo del tambucho de Marambio, toma nota de los requerimientos, organiza cómo van a ser los repliegues del otro día y pasa el parte meteorológico. Su ayudante, Rubén Martinini, colabora con él todos los días y, por la noche, finalizada la ronda de radio, dedica tangos y milongas que el mismo canta y toca en la guitarra para deleite de todos los oyentes. Es una de las formas de distracción que ofrece la Antártida.

Durante la cena se repite el mismo folclore del mediodía: todos nos reunimos alrededor de la mesa para compartir no sólo la comida, sino también comentarios y chistes.
La sobremesa es corta, pero después de que algunos se van a dormir se arma otra vez con café, té, whisky y juegos de naipes. En Cerro Nevado esta temporada está de moda el chorizo, algo similar a una escoba de 15 modificada, cuyo resultado se suma día a día hasta que llega el repliegue, esa noche se define el ganador. Con Juan nos vamos a nuestro camarote, la primera puerta a la derecha entrando a la casa, justo frente a la cocina. Encendemos el farol, él lee en la cucheta de arriba, yo escribo en la de abajo. En la habitación contigua se escuchan ronquidos y, en la sala, diálogos y risas. Es la una de la madrugada, el viento silba en las rendijas y golpetea la puerta. Por la ventana de vidrio doble sólo se ve oscuridad total, la noche es bien negra. Mañana será otro día, seguramente amanecerá con niebla y Dios decidirá acerca de nuestro repliegue hacia Marambio.

Después de la sobremesa llega el turno del chorizo, un campeonato de juego de naipes similar a la escoba de 15.

Anoche, alrededor de la una, apareció una luz oculta entre los témpanos del horizonte. Se trataba de un barco turístico que más tarde fondeó a unos 1.000 m del refugio.

Esta mañana, como todas, amaneció con niebla. El doble vidrio de la ventana se congeló de la cara interna del colchón de aire. Del tambucho comentan que van a replegar los campamentos de las islas Ross y Vega. Si los helicópteros no pueden llegar por la nevizca, y la meteorología lo permite, habría una posibilidad de que vengan por nosotros. El clima decide, es cuestión de paciencia.
Mar
2
Cálculo de provisiones
Guardado en General | 4 Comentarios
Cuando se organiza la campaña antártica de verano, los víveres siempre se calculan para el doble de tiempo del que el personal de la Dirección Nacional del Antártico va a estar en el terreno. Las eventualidades climáticas son frecuentes todas las temporadas. A modo de ejemplo, para cinco personas este año llegaron al refugio de Cerro Nevado: 30 latas de tomate y 15 de espinaca, choclo, remolacha, arvejas, zanahoria y chauchas (90 en total). También, 10 kg de arroz, 10 de fideos guiseros y otra igual cantidad de soperos y tallarines. A ello hay que sumarle 40 bolsitas de puré instantáneo, 20 kg de harina, 10 de grasa vacuna, 10 litros de aceite, 30 botellas de gaseosa de 600 cm3, 30 de vino, 20 latas de durazno, 10 de peras y 10 de ananá; 3 kg de manteca, 15 de yerba, 10 de azúcar, 50 cajas de sopas instantáneas, 4 frascos de café, 10 cajas de café en saquitos, 10 de té, 30 latas de atún, 5 kg de huevo en polvo, 20 latas de leche condensada, 4 kg de cacao, 10 tabletas de chocolate de taza y 7 kg de leche en polvo, entre otros alimentos. En cuanto a la carne, 40 kg de cortes sin hueso (cuadril, nalga), 12 pollos, y fiambres y embutidos varios. Combustible: 200 l de nafta súper (para la moto de nieve -que este año no está- y el generador de electricidad) y 200 de Jet A1 (antes llamada JP1, nafta de aviación, para calentadores y faroles).

Los tambores de combustible se estiban al pie de la meseta sobre la que se levanta el refugio. Las cantidades de nafta y víveres varían todos los años. Al día de hoy, de Jet A1 sólo queda un fondo de 10 cm de altura al final del barril.
Al dejar el refugio, el depósito de víveres queda con mercadería para cualquier eventualidad que se le pueda presentar a alguien durante una emergencia invernal, tal como ocurre con los refugios de montaña. Dentro de la cabaña, para el año próximo, también se guardan provisiones de latas y alimentos deshidratados para una semana, tres bidones con agua, se dejan los elementos de calefacción y, afuera, combustible de reserva. El problema es que al inicio de campaña, cuando llega el personal, los alimentos pueden arribar el mismo día, o no, según las condiciones meteorológicas. En este último caso, los habitantes cuentan con una reserva que les permite operar por un corto tiempo sin necesidad que desde Marambio les envíen provisiones.

Cuando se cierra el refugio hasta la próxima campaña de verano, debajo de la cama en la que durmió Akerlund, en 1902, queda una caja con provisiones para que las primeras personas en llegar el siguiente enero dispongan de alimentos ante alguna eventualidad.
Ayer por la tarde el cielo se mantuvo cubierto, pero el viento disminuyó en intensidad y el techo de nubes se elevó hasta los 850 m. Los helicópteros, sin embargo, no operaron. Con Juan Fernández aprovechamos para recorrer los alrededores y efectuar fotografías de aves. También aprendimos lo que es el permafrost, término muy difundido en la Antártida, cuyo verdadero significado, en inglés, es permanent frozen, y que refiere a la tierra congelada ubicada 70 u 80 cm por debajo de la superficie del suelo antártico. Cuando el permafrost se derrite, ciertas estructuras tienden a desmoronarse, tal como ocurre con la meseta sobre la que se ubica el refugio de Nordenskjöld. En cuanto a hoy, amaneció con neviscas, ráfagas de viento de 70 km/h y una térmica de –33 ºC. Obviamente, los helicópteros argentinos no operan ni sabemos cuándo lo van a hacer.

En la Antártida, debajo del suelo que pisamos se ubica una capa de permafrost: tierra congelada que al derretirse provoca desmoronamientos.

Cambio del pabellón nacional: ayer a la tarde el Dr. Ricardo Capdevila ordenó el reemplazo de la vieja bandera argentina por una nueva donada por los integrantes de este viaje.

Todos los días se ven cientos de gaviotas (Larus dominicanus) volar sobre la costa y los témpanos aledaños.
Un día muy especial: cumplir años en la Antártida no es algo frecuente en la vida de las personas ajenas al ambiente del sexto continente. Menos aún lo es cumplir 40 lejos de los hijos, la familia y los amigos. Sin embargo, acá estamos, en la isla Cerro Nevado, a 3.300 km de Buenos Aires, celebrando el cumpleaños de Marcelo Ferro, mi amigo y compañero de viaje, con quien iniciamos este proyecto de nota unos cuantos meses atrás. Nunca imaginamos que un 2 de marzo podríamos estar en este lugar, brindando dentro del refugio utilizado por los primeros invernantes antárticos que, en 1902, pasaron más de 600 días sin tener contacto con el mundo. Así de imprevisible es la vida. ¡Feliz cumpleaños, Marcelo!
Texto: Juan Fernández.

Cumpleaños de Marcelo Ferro: brindis y empanadas caseras con todos los compañeros del refugio de Cerro Nevado. Los días de festejo, tal como lo hacían los expedicionarios de 1902, el salón de uso común se decora con carteles preparados para la ocasión y también se elabora alguna comida especial.
Mar
1
El clima no mejora
Guardado en General | Comentarios
Comenzó un nuevo mes, y con él el Año Polar Internacional (IPY), que se extiende hasta 2009, donde culminará con una reunión de 2.000 científicos en Ushuaia, Tierra del Fuego. La finalidad de IPY es la realización de estudios científicos coordinados a nivel internacional respecto de los fenómenos climáticos que ocurren en los polos. En cuanto a la meteorología en Cerro Nevado, sigue como en febrero. Ayer los helicópteros operaron un rato, pero nuevamente la isla se cubrió de niebla y por la tarde la radio avisó que se suspendían las tareas. Sin embargo, el tiempo bastó para que replegaran los equipos de uno de los campamentos, y para que el grupo de documentalistas franceses previsto en la agenda viniera un par de horas a filmar y armar unas carpas para representar una muestra de arte.
Como el viento había disminuido en intensidad, con Juan Fernández intentamos por segunda vez llegar al Mirador de los Suecos, pero fue imposible: los acarreos del filo Negro, que atraviesa Marambio y Cerro Nevado, son de piedra muy chica y demasiado suelta a causa de la nieve que la lavó. Subir era posible, pero el descenso se tornaba peligroso: la pendiente que en la cima supera los 45º de inclinación tiene cerca de 200 m de longitud, y un resbalón implica no poder detenerse hasta la meseta, con las posibles consecuencias que ello implica, como esguinces, golpes y fracturas. El principal consejo antártico es “prudencia”, y decidimos no arriesgarnos. Los primeros auxilios no tienen la celeridad del continente, los helicópteros ya no operaban y en Marambio, si bien hay servicios médicos de emergencia, el médico no necesariamente es un especialista en todo.

Ascenso al filo Negro: Juan Fernández, piqueta en mano, intenta llegar a la cima para después seguir hacia el Mirador de los Suecos, pero los acarreos demasiado sueltos no nos permitieron continuar.
Al regresar de la caminata, en el refugio había mucho movimiento: una parte del grupo se encontraba reparando la antena del equipo HF que permite comunicaciones con Marambio y Buenos Aires (dos veces por semana -martes y viernes- se establecen enlaces telefónicos con los familiares de las personas instaladas en los campamentos). La otra estaba llevando cajones con equipo hacia la playa donde aterrizan los helicópteros. Desde Marambio habían avisado por radio que existía alguna probabilidad de que una aeronave pasara a recoger equipamiento, pero nunca llegó porque el clima desmejoró antes de lo previsto.

Moño, así se denomina la antena que permite las comunicaciones con Marambio y Buenos Aires por HF (se trata de dos dipolos para dos frecuencias diferentes). Debido a los fuertes vientos sus riendas se habían aflojado. Chiqui y Chuky, los dos entendidos en la materia, son quienes se encargan frecuentemente de la reparación.

La fecha estimada para nuestro repliegue es mañana, pero como los dos helicópteros disponibles están atrasados y, por medidas de seguridad, tienen capacidad limitada para transportar pasajeros y equipos en un mismo viaje, la maniobra normal desde Marambio es, cuando queda lugar en la aeronave, aprovechar las salidas hacia otros campamentos para pasar a recoger lo que vaya estando listo en nuestro refugio. Ayer todo estaba preparado, pero nadie llegó.
En cuanto a hoy, el clima sigue desfavorable. Anuncian precipitaciones y vientos muy fuertes del sur. Cajones, bolsos y equipamiento científico esperan por los helicópteros en la playa, pero las expectativas de repliegue continúan sin novedad. Víveres todavía hay (hoy racionamos el último trozo de carne), pero los chorrillos del glaciar que nos proveen agua empiezan a congelarse. El futuro incierto de la fecha de regreso comienza a preocuparnos debido a los compromisos asumidos en Buenos Aires.

Los chorrillos que nos proveían agua pura de deshielo comienzan a congelarse y hay que fabricar agua a partir de hielo, lo que incrementa en consumo de combustible.
A fines de febrero de 1903 Nordenskjöld escribió: “Por primera vez me asaltó entonces seriamente el pensamiento de que en realidad tendríamos que quedar encerrados allí durante un año más. Un acontecimiento feliz, un milagro podía aún salvarnos, pero ningún esfuerzo podíamos hacer por nuestra parte. Nadie podía tampoco prever el destino que nos aguardaba, y sumido en mis pensamientos sostuve en mi interior un lucha decisiva con mis temores. Desde la cumbre de basalto, donde me encontraba, acurrucado entre algunos desnudos bloques de piedra que apenas me abrigaban y defendían contra la tempestad, a la luz del crepúsculo que empezaba observé los bien conocidos alrededores y el cielo cubierto de desgarradoras nubes tempestuosas. Mi más triste pensamiento fue el recuerdo de los que nos aguardaban allá, en nuestras casas, y que durante un año más no tendrían noticias de nosotros.”

Esta es la cumbre de basalto que abrigaba a Nordenskjöld cuando en sus pensamientos luchaba contra la posibilidad de quedarse aislado un año más en la isla Cerro Nevado.