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Estrategia para campo abierto |
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La aproximación a los antílopes en la llanura bonaerense no es nada fácil si no se cuenta con un plan apropiado y un equipamiento que asegure un tiro a muy larga distancia. |
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Por Claudio Ferrer |
Pocas cosa me resultan más interesantes que buscar nuevos ámbitos de caza, y no es que los ya tradicionales estén mal o no ofrezcan buenas posibilidades, pero cuando se los ha visitado varias veces comienza a saber por dónde se mueven las presas, hacia adónde van, en qué monte se les puede cortar el paso, y hasta qué distancia más o menos uno puede llegar a realizar el disparo. Y como la caza siempre debe tener una cuota de incertidumbre lo mejor es buscar nuevos escenarios. Es cierto que hacer muchos kilómetros en la única semana que se dispone en el año, pagar guías, permisos, campamento, etc., y volver con las manos vacías puede ser muy desalentador pero conocer demasiado los potreros, las pasadas, los campos de avena, es una ventaja aun cuando igualmente hay que superar otros obstáculos como el factor viento, los ruidos, el alerta de las hembras, las condiciones climáticas etc. Creo que en ese caso la mitad del trabajo ya estaba hecho antes de que el cazador llegue al campo. La caza, como toda actividad humana, debe estar siempre alentada por un espíritu de superación que, en este caso, consiste en ponerse uno mismo nuevos objetivos que superar y probar así hasta donde uno puede llegar como cazador.
No todo es tan fácil
Junto con Franco salimos todos los meses a recorrer nuevos lugares, obtener permisos y realizar intentos de caza sin guía con la sola información que hay fauna silvestre cazable. De todos modos, debo reconocer que el 80 por ciento de las veces regresamos sólo con el gusto de un buen asado en medio del campo. Claro que las pocas oportunidades que obtenemos algún buen dato olvidamos todo los viajes fallidos.Ahora bien, que es un buen dato, es sólo el comienzo de otra aventura.
Hace tres meses obtuvimos permiso en un campo donde se habían aquerenciado unos cuantos antílopes, la mayoría hembras y algunos machos jóvenes de los cuales sólo un par eran tirables. Durante ese tiempo fuimos una vez por semana al campo para observarlos e intentar distintas aproximaciones, pero los animales se empeñaban en habitar una planicie lejos de todo monte, de los sembrados, e incluso de los potreros con pasto que superara los diez centímetros de altura. Para colmo la extensión es muy grande así que nunca pudimos tenerlos a tiro. A veces uno se apostaba en una pasada y el otro hacía de perro, tratando de llevarlos en esa dirección, pero todos los intentos eran fallidos, nunca lográbamos achicar la distancia a menos de 300 metros y en malas condiciones para el disparo. De todos modos fuimos conociendo sus hábitos y sus reacciones que solían repetirse ante las mismas circunstancias. Por ejemplo, cuando ingresábamos al campo por determinada tranquera, los antílopes levantaban la cabeza y permanecían atentos, pero si lo hacíamos caminando comenzaban a moverse hacia el campo vecino. Estas comprobaciones nos permitieron elaborar una estrategia de caza aunque aún quedaba por definir de qué modo el cazador encargado de batir el campo, que debía permanecer bastante tiempo fuera de la vista del compañero, no corriera riesgos de un accidente.
Buen apoyo
La solución la encontramos con un par de handies para que el tirador apostado conociera en todo momento la ubicación de su compañero. Otra cosa que Franco aportó a la cacería, fue adosarle un bípode Harris a su 300, algo molesto a la hora de caminar, pero muy efectivo para que el apostado permanezca fuera de la aguda vista de los antílopes, especialmente en un terreno totalmente plano y ralo. Este accesorio es de reducidas dimensiones, fácilmente acoplable en el porta correa y dispone de un eje sobre el que pivotea el rifle, además de buenas trabas. Al final de la cacería comprobaríamos que fue uno de los factores determinantes del éxito obtenido.
En un divertido partido de truco se decidieron las funciones de cada uno y a Franco le tocó apostarse. Ingreso caminando por un campo vecino protegido por un bajo que le permitió llegar sin ser visto al borde de un monte de eucaliptos donde organizó su puesto. Planchado contra el piso me llamó por el handie (no había señal para el celular), y avancé hasta ubicar a los animales. De ahí en más me desplacé como si realizara una aproximación de caza, es decir, agachándome y buscando el viento. No quería que nos descubrieran. Lejos aún de ellos, y tal cual lo esperábamos, comenzaron a moverse en la dirección prevista. Le aviso a Franco que aún no los tenía en su visual y compruebo que los antílopes están pasando delante del monte, aunque muy lejos, a más de 300 metros. Estaba en medio de esas cavilaciones cuando escucho la voz ronca del 300 y el “toc” del impacto. Conociendo la velocidad de ese calibre supe que realmente estaba muy lejos en el momento del disparo. Luego Franco me confesaría que se animó a disparar sólo por la seguridad que le daba el bípode. Debo reconocer que muchas veces menosprecié a este apoyo, pero en estas circunstancias y para este tipo de cacería es realmente un accesorio muy útil.
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