En una de nuestras primeras excursiones de caza, al llegar al campo fuimos informados por el puestero que los chanchos estaban entrando en un potrero en el que habían depositado unos veinticinco rollos de mijo para alimentar a la hacienda durante el invierno. Se habían transformado en una gruesa capa informe de más de un metro de alto, con múltiples depresiones y montones, constituyendo una demostración patente de la capacidad y fuerza de estos animales. Al atardecer nos instalamos en un montecito aledaño, improvisando un refugio con sobretechos de carpa para protegernos de la intemperie. Unos gruesos nubarrones nos privaron de la luz lunar, y la oscuridad era tal, que ni siquiera nos veíamos entre nosotros. Transcurrido un corto tiempo, escuchamos gruñir y bufar a la que parecería ser una numerosa piara de chanchas o cachorrones retozando en el colchón de mijo. Después de una hora de mirar al cielo esperando que se despejara, sin que ello sucediera, musitándonos al oído, decidimos que uno se iba a colocar en posición de tiro, apoyado en un árbol, mientras que el otro trataría de iluminar rápidamente alguna pieza interesante. Encendí la linterna y pudimos ver no menos de veinte chanchas y cachorrones que salían del interior del colchón de mijo, huyendo dispersos hacia el monte.
A medianoche una brisa del sudoeste limpió el cielo, y una intensa luna iluminó la superficie atormentada de los rollos deshechos. Cazamos un padrillo mediano cuando se revolcaba entre las pajas con las patas hacia arriba, y mi compañero de caza disparó a una chancha enorme, que rato después entró con otras más jóvenes. Con los prismáticos logré ver después del tiro que huían directo hacia el monte, ubicado unos 300 m atrás. Buscamos sangre, sin hallarla, y recorrimos la trayectoria aparente seguida en su escape por las chanchas, sin encontrar siquiera una gota. Concluimos que el disparo había sido errado, despanzamos, cargamos al padrillo y nos fuimos a dormir.
La “pajarada”
A la mañana siguiente, cuando nos levantamos fuimos a ver si el puestero había cuereado al padrillo, encontrándonos con la sorpresa de que a su lado estaba colgada… la chancha. Había salido de recorrida temprano a caballo con los perros, y vio la “pajarada” en el monte. Fue a ver creyendo que había muerto algún vacuno, y se encontró con la chancha a unos 500 m del mijo. El amor propio suele en estos casos resultar vulnerado, y fuimos a recorrer el campo para verificar si realmente no había sangre. La encontramos, en forma de minúsculas y aisladas gotas, a unos 30 m del mijo, las que se transformaban ya en el monte en salpicaduras alargadas, y manchas en las cortezas de los caldenes cuando el animal comenzó a perder la dirección de su marcha.
La enseñanza que nos dejó esta experiencia es que no debemos abandonar pronto la búsqueda de rastros de sangre del animal que huyó herido, aunque en las inmediaciones del lugar donde se encontraba al disparar no los hallemos. Existen heridas que no despiden sangre en los primeros 20 o 30 m de la carrera del animal, y ocurre que el cazador desiste de proseguir la búsqueda al no hallar rastros en el lugar del impacto. Por ello aquí van unas sencillas normas de rastreo nocturno:
Utilizar linternas con leds, porque las pilas duran más y porque producen una luz azulina que resalta las manchas de sangre por insignificantes que sean. Un rastreo complicado a veces nos insume un par de horas, y resulta un verdadera contrariedad quedarnos sin luz cuando ya hemos hallado las primeras gotas de sangre.
Buscar en primer término la “arrancada” en el sitio aproximado donde se encontraba el chancho al dispararle. Parece tarea sencilla, pero a veces se complica por la dureza del piso o por estar éste cubierto de pasto.
n Colocar en este lugar alguna marca referencial (pañuelo, papel, etc.) ya que al avanzar mirando hacia el piso perdemos la orientación fácilmente, y si no hallamos rastros de sangre debemos recomenzar el rastreo desde el punto de partida.
Avanzar cortos trechos y revisar hacia los costados en forma de abanico para cortar el rastro de sangre.
Cuando la hallamos, si estamos solos volvemos a marcar el lugar y, si estamos acompañados, uno de los rastreadores se quedará en el sitio donde se encuentra la gota de sangre, mientras el restante continuará la búsqueda de la misma forma, esto es, describiendo abanicos a uno o dos metros de la primera gota visualizada. Este sistema de postas impide que por falta de orientación –no nos olvidemos que es de noche y estamos mirando el piso– repasemos lugares en donde ya estuvimos, y pasemos por alto el que precisamente recorrió el animal en su huida. Puede suceder en ocasiones que durante los primeros 50 o 70 m encontremos gotas del tamaño de la cabeza de un alfiler en la hoja de un arbusto, o en la tierra disimulada por el pasto. Si avanzamos en forma atropellada podremos pisar la exigua señal, y borrar de esa manera uno de los puntos de búsqueda.
Al encontrar el segundo rastro la tarea se torna más sencilla, por cuanto al mirar hacia atrás y ver a nuestro compañero o marca de la primera gota, y más atrás aún la marca de la “arrancada”, podremos trazar un rumbo sobre la base de los tres puntos alineados.
Las primeras decenas de metros el animal herido suele describir una trayectoria rectilínea, que se transforma en sinuosa cuando entra en agonía. La medida de esta trayectoria rectilínea depende de varios factores, como ser la gravedad de la herida y la vitalidad del animal. Con un tiro en los pulmones suele recorrer distancias de más 80 m, pero nos hemos encontrado en raras ocasiones que chanchos con el corazón destrozado corrieron la misma distancia, hasta que aparentemente les faltó el oxígeno en el cerebro.
Cuando el rastro aumenta de tamaño y la trayectoria se torna irregular, las gotas se transforman en salpicaduras o roces en las cortezas de los árboles. Si hallamos manchas en forma de “spray”, la pieza muerta no está muy lejos.
Los rastreadores siempre deben llevar un arma lista para disparar. En lo posible una escopeta corta, a trombón, con cartuchos con postas. Al avanzar mirando hacia el piso, cada tanto se debe iluminar lo más adelante posible, para evitar que nos sorprenda la atropellada de un padrillo herido y furioso.
Por último, ante la duda y si es invierno, regresemos a la mañana siguiente con el puestero y sus perros, con lo cual nos ahorraremos un accidente. La helada nocturna impedirá que se eche a perder la carne.
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